En la Escuela Normal Superior de San Mateo, cada historia de inclusión es un aprendizaje compartido. No se trata solo de adaptar pupitres o diseñar carteleras en braille, se trata de miradas que se transforman, de docentes que cuestionan sus métodos, y de estudiantes que aprenden a convivir con la diferencia como parte natural de la vida escolar.
Casos como el de Erika Lorena, que hace dos años cursó grado 11 con pupitres adaptados en cada aula, o el de Yasleidy, actual estudiante del II Semestre del Programa de Formación Complementaria, quien enfrenta las barreras del silencio con la firmeza de su presencia diaria, no son anécdotas sueltas, son reflejo de una comunidad que busca crecer sin dejar a nadie atrás.
Pero también están Joseph y Gabriel, niños de primaria que nos enseñan que el autismo no es una barrera para aprender, sino una invitación a enseñar de manera distinta. Su paso por los salones recuerda que la inclusión no es solo un derecho, es una oportunidad para que todo el colegio aprenda a escuchar mejor, a observar más y a enseñar con el alma.
Cada detalle cuenta: desde la forma en que se saluda en clase, hasta cómo se adaptan las evaluaciones o se piensan las actividades grupales. En este camino, la inclusión deja de ser una meta para convertirse en una forma de vivir el colegio.


