Hay historias que se cuentan sin palabras, y Gabriel es una de ellas. Basta verlo sonreír para entender que la alegría auténtica no necesita traducción. Su risa ilumina los pasillos, su curiosidad mueve conversaciones, y su forma de mirar el mundo nos recuerda que cada día en la escuela es una oportunidad para aprender, pero también para enseñar desde el corazón.
Gabriel no solo asiste a clases; él las transforma. Con su energía, hace que todo se sienta más ligero, que lo cotidiano tenga color y que el aprendizaje se vuelva una experiencia compartida. En cada actividad, pone el alma. En cada intento, una dosis inmensa de perseverancia. No hay obstáculo que detenga sus ganas de seguir descubriendo, de preguntar, de reír.
A su lado, las maestras no solo enseñan, también aprenden. Aprenden a mirar más allá de los libros, a valorar el esfuerzo antes que el resultado, y a celebrar cada logro como si fuera el más grande. Gabriel les recuerda que la verdadera educación está en esos gestos sencillos, en esas miradas cómplices, en la paciencia que acompaña y en el cariño que guía.
Mientras otros niños pueden pasar desapercibidos, él deja huella. No porque quiera ser el centro, sino porque su forma de estar lo convierte en un ejemplo vivo de lo que significa incluir, compartir y creer en el poder de la diferencia.
Quien se cruza con Gabriel no olvida su sonrisa. Y quien lo conoce, comprende que detrás de esa risa hay una historia de amor, dedicación y esperanza que sigue escribiéndose día a día en las aulas de la Normal.

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