Cada jornada en la Escuela Normal Superior de San Mateo está llena de pequeños momentos que dejan huella. No todo ocurre en las aulas o en medio de una capacitación; a veces, lo más valioso se aprende en los gestos simples: cuando alguien ofrece ayuda sin que se lo pidan, cuando un grupo espera a un compañero para avanzar juntos, o cuando una sonrisa basta para derribar cualquier barrera.
En los recreos, en las filas o durante una exposición, la inclusión se nota. No porque alguien la mencione, sino porque se siente. Los estudiantes aprenden a mirar distinto, a escuchar con atención y a entender que todos tenemos algo que aportar. Cada uno, desde su historia, ha hecho que el colegio se convierta en un espacio más humano y más cálido.
Lo que más sorprende es cómo la convivencia transforma a todos. Los maestros en formación descubren que enseñar no es solo explicar, sino también comprender, acompañar y valorar las diferencias. Aquí, la empatía se enseña con el ejemplo y se aprende cada día con los demás.
Esa es la verdadera esencia de esta institución: hacer de la inclusión una costumbre diaria, una forma de entender la educación y la vida.
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